Dallas Oberholzer y la recompensa olímpica a una vida dedicada al skate rompiendo barreras 

Con 46 años, el sudafricano Oberholzer debutará en unos Juegos Olímpicos en la novedosa competición de skateboarding park este jueves. Rompió barreras en Sudáfrica y su fundación ayuda a jóvenes a salir de la marginalidad

Fue a mediados de la década de los 80, en el apogeo de la Sudáfrica conservadora, cuando un Dallas Oberholzer de apenas diez años agarró por primera vez lo que él llamaba el "tablón sobre ruedas".

Un grupo de chicos que apenas llegaba a la adolescencia abrazó el nuevo fenómeno cultural, construyendo rampas en el patio trasero y realizando trucos que desafiaban a la muerte en los suburbios de Johannesburgo. Lo que empezó como un "desmoronamiento místico" se convirtió en el propósito de una vida llena de giros.

Treinta y seis años después de su primer contacto con el monopatín, Oberholzer alcanzará por fin la cima de su deporte debutando en unos Juegos Olímpicos a la edad de 46 años.

"Nos reunimos unos cuantos y empezamos a salir juntos, a aprender unos de otros, a darnos cuenta del potencial y a descubrir poco a poco este acto místico", dice Oberholzer, que descubrió el monopatín a través de películas como Thrashin' (el drama de 1986 protagonizado por Josh Brolin en el que aparecían las leyendas del monopatín Tony Alva, Tony Hawk, Christian Hosoi y Steve Caballero).

"Era lo más parecido a vivir el sueño sobre una tabla de surf o a soñar con California", recuerda Oberholzer.

El inadaptado inicio del skateboarding sudafricano

Considerado como el coto de los forasteros y los inadaptados, el skateboarding no gozaba del mismo estatus que otros deportes mayoritarios cuando Oberholzer empezó. Si retrocedemos en el tiempo que se manifiesta en su barba canosa, Oberholzer se asoma a un pasado lleno de historia.

A lo largo de su vida, a Oberholzer le han dicho muchas veces que era "demasiado viejo para patinar", pero él persistió, dejando sus estudios de comercio para viajar por el mundo en busca de eventos y actuaciones. "Me he quedado con el monopatín, me he jugado mucho, pero me quedo con mi pasión", dice. "Soy como el artista loco".

"Por eso, ya sabes, es difícil clasificar el monopatín como un deporte, porque te asemejas más a un artista callejero loco que a un profesional del deporte, así que me arriesgué totalmente, y parece que ahora me está compensando", añade.

Para Oberholzer, el monopatín ha sido todo menos gratificante desde el punto de vista económico, pero lo que le faltaba en cuanto a posesiones materiales, lo compensaba con creces en cuanto a experiencias vitales. Oberholzer fue uno de los primeros sudafricanos en buscarse la vida y el sustento con el monopatín y asegura que nunca ha buscado un trabajo de los llamados 'de verdad'.

"Ser skater no ha sido una elección económicamente gratificante en la vida, especialmente en este país, en otros países seguro es diferente", dice sin revelar ningún arrepentimiento.

"Elegí seguir patinando y luego también intenté, de todas las maneras posibles, defender que el monopatín es socialmente aceptable, y que se puede utilizar como herramienta para el cambio social, ya sabes, hacia la integración de nuestras comunidades y el acercamiento entre los que tienen y los que no tienen".

Oberholzer y su grupo de nómadas han recorrido toda Sudáfrica difundiendo el 'evangelio del monopatín' a los niños atrapados en la trampa de la pobreza, tratando de ofrecerles esperanza y evasión de la dura realidad de su entorno.

"El monopatín es probablemente una de las mayores plataformas, más allá del lenguaje, que une a la gente. El trabajo que he realizado a través de la organización sin ánimo de lucro que fundé demuestra que mantiene a los niños alejados de las bandas y les ayuda a la integración social, además de contribuir a su salud mental. He tenido una misión desde que a una edad temprana me dijeran, 'oye, estás desperdiciando tu vida en un monopatín'".

Un nuevo rumbo desde Durban

Hace dos décadas, Oberholzer se trasladó a Durban, en la costa este de Sudáfrica, por su próspera escena de skate y su clima cálido durante todo el año. Se había abierto un skatepark diseñado por Tony Hawk que atraía a riders como Oberholzer y su equipo.

El deseo de Oberholzer de crear un campamento de skate para jóvenes le llevó a Isithumba, uno de los pueblos zulúes del Valle de las Mil Colinas. Consiguió un terreno por parte de algunos jefes locales donde construyó un skatepark en el corazón del valle, rodeado de las verdes colinas y las chozas de la población local.

"La idea original era integrar a los niños más ricos de los suburbios para que vinieran y se relacionaran de forma natural", decía Oberholzer sobre los inicios de su organización sin ánimo de lucro, Indigo Youth Movement.

Cada vez que viajo a cada evento, vuelvo con los bolsillos vacíos y sin un lugar al que ir. Amigo, si no fuera por este pueblo... esto es lo que me mantiene a flote.

"A lo largo de este proceso también me di cuenta de que la única manera de que el monopatín ganara popularidad era acercarlo a la gente de color, porque en aquella época era un deporte mayoritariamente blanco, hace 20 años", prosigue.

Su apasionado proyecto ha cristalizado en una organización sin ánimo de lucro a través de la que difunde el amor por el monopatín y construye skateparks en algunas de las zonas más pobres del país.

Algunos de los participantes y niños que formaron parte de los campamentos pasaron más adelante a ayudar a Oberholzer a construir skateparks, rampas y piscinas de hormigón, convirtiéndose en los guardianes de los parques.

Y aunque ha influido en la vida de los niños de la zona a través del monopatín, Oberholzer se apresura a señalar cómo el pueblo ha enriquecido su vida.

"Es el único lugar que tengo, lo único sólido que tengo en mi vida. He sido un skater viajero. Cada vez que viajo a todos los eventos, vuelvo con los bolsillos vacíos y sin ningún sitio al que ir. Amigo, si no fuera por este pueblo... Esto es lo que me mantiene a flote".

El segundo más veterano en el park de Tokio

Cuando la disciplina masculina de park haga su debut en los Juegos Olímpicos este jueves, Oberholzer será el segundo competidor de skate más veterano en Tokio 2020 por detrás del danés Rune Glifberg, apenas unos meses mayor que él.

El sudafricano ha dejado claro que no tiene ninguna posibilidad de alcanzar el podio, pero el mero hecho de llegar a los Juegos Olímpicos sirve para justificar una vida dedicada a este deporte.

"Al final es como si el skateboarding hubiera dicho: 'oye, tío, aquí tienes un viaje a Japón con todos los gastos pagados'. Es una gran recompensa a mi dedicación al monopatín", reflexiona Oberholzer.

"Por fin consigues representar al país que yo pensaba que nunca habría reconocido el skateboarding, porque crecí en una Sudáfrica conservadora. Ya sabes, el skateboarding es bastante marginal, radical. Así que sí, para mí eso es como exhalar y decir '¡guau!'".

Para rematar su logro, Oberholzer también consigue demostrarle a su madre que practicar el monopatín desde la adolescencia hasta hoy no ha sido una pérdida de tiempo. "Nunca entendería por qué hago skateboarding, así que tal vez esto es genial para ella, porque es como un final feliz, ya sabes, la vida dedicada al skate".