Cenicientas olímpicas: Bill Johnson, una vida esquiando al límite

Detrás del primer oro olímpico de Estados Unidos en esquí alpino hay una historia increíble, y no sólo de deporte: descubre a Bill Johnson, un inconformista que subió a lo más alto en los Juegos de Invierno de Sarajevo 1984.

Por Gisella Fava

A comienzos de los ochenta, a pesar de un excelente tercer puesto en el medallero general de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980, Estados Unidos seguía intentando conquistar su primer oro olímpico en esquí alpino.

Ni siquiera el factor "cancha" en Lake Placid había impulsado a los estadounidenses a lograrlo. Únicamente Phil Mahre había logrado subir al podio en las pruebas masculinas de esquí alpino (una medalla de oro en combinada -que todavía no era una prueba olímpica y sólo era válida para el resultado del Campeonato del Mundo, que se compartía con los Juegos de ese año- y una plata en el eslalon), y Cindy Nelson, la única mujer que ganó una medalla, la plata en la combinada femenina.

En cambio, los habituales de Europa, entre ellos el sueco Ingemar Stenmark en categoría masculina, y la esquiadora de Lichtenstein Hanni Wenzel en categoría femenina, fueron las estrellas.

Phil Mahre 

Una medalla largamente esperada

En los Juegos Olímpicos de Invierno de Sarajevo 1984, Bill Johnson no había cumplido aún los 24 años y este era su debut en el escenario olímpico. Sin embargo, este californiano rubio y delgado de carácter inquieto y con más pinta de surfista que de esquiador desprendía la confianza característica de un veterano.

A pesar de haber formado parte del equipo de esquí alpino durante algunos años, no había logrado resultados significativos hasta esa temporada. En Wengen (Suiza), a menos de un mes para los Juegos, logró su primera victoria en la prestigiosa prueba de descenso de la Copa del Mundo. Demostró un gran valor en su asombrosa carrera.

Tras liderar la carrera en las nieves del Lauberhorn, en el tramo final de la pendiente estuvo a punto de perder el equilibrio al aterrizar tras un salto; en lugar de caerse, consiguió convertir el "error" en una sorprendente victoria.

Nada mal para un chico que se había dedicado al esquí para eludir las consecuencias del robo de un coche.

La primera gran encrucijada de Bill había tenido lugar a los 17 años, cuando fue juzgado por intentar robar un Chevrolet. El juez, sin embargo, empatizó con aquel chico revoltoso y le propuso conmutar la pena por la realización de actividades en la escuela de esquí local. Gracias a ello Johnson terminaría convirtiéndose en esquiador profesional.

Tras conquistar ese oro, el propio Johnson revelaba la clave de su actitud, casi una norma de vida para él: "Hay una fina línea entre estar al límite y estar fuera de control, pero eso forma parte de las carreras de esquí. Tienes que esquiar al límite para ganar".

Haciendo historia

Después de Wengen, Johnson empezó a hacer planes para sorprender a la élite europea del esquí en los Juegos.

Preguntado por los periodistas sobre el "novato estadounidense", Franz Klammer, apodado el 'Kaiser de Austria' tras ganar un oro en Innsbruck 1976, calificó a Johnson de "ratero" y le lanzó un mensaje: "Si quiere ganar, tendrá que esquiar muy bien". Johnson ofreció su propia réplica: "Cada uno de ellos compite por el segundo puesto".

La carrera de descenso en Sarajevo tenía todos los ingredientes para ser una competición de lo más caliente.

Cuando llegó el día, el 22 de febrero de 1984, Johnson demostró técnica y seguridad en los saltos así como picos de velocidad propios de un dominio total del descenso. Se doblaba como si fuera de goma, cortando el aire y aterrizando con fuerza en la pista de Bjelašnica. Así las cosas, consiguió ganar el oro olímpico con una aparente facilidad aplastante. Era 1984, y por primera vez un estadounidense subía a lo más alto del podio olímpico en esquí alpino, en los que serían sus primeros -y últimos- Juegos.

Bill Johnson en Sarajevo 1984

El esquí, su vida

El campeón olímpico intentó que las celebraciones duraran hasta el final. Cuando los periodistas le preguntaron "¿Cuál es el valor de una medalla olímpica?", guiñó un ojo y respondió "Millones". Y Johnson también disfrutaría con caprichos como un nuevo Porsche, una casa en Malibú, apariciones en televisión, fiestas y otros excesos varios.

Sin embargo, tras su éxito en Sarajevo, el estadounidense se alejaría progresivamente del esquí. Entre las lesiones y la falta de dedicación, faltó a la llamada de Calgary 1988. Fue padre tres veces con su esposa Gina Ricci, antes de experimentar el dolor de perder un hijo cuando Ryan, de 13 meses, se ahogó en un jacuzzi en 1992.

Cuando el tiovivo se detuvo, casi 20 años de haberse retirado, Johnson intentó volver a la que había sido fuente de su fortuna, el esquí, también en un intento de recuperar a su mujer, de la que se había divorciado.

Volvió a entrenar fijándose como objetivo los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City 2002 sin importarle haber alcanzado los 40 años. Y este intento volvería a cambiar su vida, esta vez irreversiblemente. Un accidente en 2001, en los campeonatos nacionales de Montana, le causó lesiones cerebrales que le dejaron necesitado de cuidados para el resto de su vida.

No obstante, fue portador de la antorcha en la ceremonia de apertura de Salt Lake 2002, junto a Mahre, y cuando se le hizo la pregunta de si todo había valido la pena, fue muy claro: "Definitivamente".

En 2013 rechazó cualquier otro tratamiento terapéutico para sus continuos problemas de salud, que incluían diversos mini-accidentes cerebrovasculares y una infección que amenazaba su vida. Johnson moriría tres años después.

"Me encanta esquiar y siempre querré hacerlo porque el esquí es mi vida", decía, incluso cuando apenas podía susurrarlo.

Bill Johnson y Phil Mahre en 2002

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